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La Coctelera

La vitrina del chicharronero

Cascarrabias a la deriva

Categoría: literatura

19 Abril 2006

Aquella perra que se quiso parir sola

Existe una cosa que no puedo entender. Ni a mis grandes anchas le podría decir a aquella grandísima hijaeputa que su mayor logro dentro de la estupidez no era haberse visto coronada en la dedicatoria del Cuento, sino el presumir de ello como si fuera ya mas grande que la tremenda y propia cagada que su madre se había echado el día en que la parió con los ojos apretujados por tanto estreñimiento.
Yo no sé, ella me envió el cuento después de una sarta de ruegos para que no lo publicara. Algo muy personal habría dentro de todo ello. UN CUENTO QUE NO TENIA NADA DE AMOR, DEDICADA A UN VIEJO Y PUTRIDO AMOR que hasta a mí me sabía a "pantano desabrido" (de las sabias expresiones de Álvaro Mutis). Un cuento con una historia sobre los pejelagartos, más que nada. En efecto, más que nada. Y nadando entre toda aquella dedicada cursilería, descubrí que el cuento no era del todo malo. Y para no morirme como cuando al indio lo agarraron cagando, aquí lo plasmo. Un cuento elaborado a pulso por un joven cuentista tabasqueño, que como F. Kafka, no sabe que lo suyo ya ha sido publicado.
Lo que yo aún no puedo entender es en qué habrá estado pensando aquella perra mal parida cuando me dijo: es algo muy personal, ahí te lo mando, como si no supiera que mas hijoeputa que ella lo soy yo.

pd: Quiero recalcar, para aquellos menos capciosos, que este cuento no lo escribi yo.

UN CUENTO PARA ÈMIL
por J. Ricardo Sandoval I.

Es tan solo un poco de todo lo que te debo...

Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los pejelagartos, iba a verlos durante mis descansos en la oficina, aprovechando el acuario de la calle G.Méndez que me quedaba tan solo a unos minutos. Me quedaba ahí mirándolos por todo el tiempo posible, hasta que se terminaba la hora de la comida y tenía que separar mi mirada de sus ojillos negros y completamente inexpresivos, pero que a la vez decían tantas cosas. Ahora soy uno más de ellos.
El azar me llevó hasta ellos una mañana de verano en que el calor me había hecho desesperar hasta el punto de querer estar en cualquier otro lugar menos en mi lugar. Salí de la oficina asqueado y buscando la sombra de los edificios que se tragaban el calor del sol de las once de la mañana. Caminé agitado varias cuadras sin rumbo hasta llegar al acuario. Sin ningún motivo en especial, entré para distraerme y refrescarme un poco con el aire acondicionado, pensando en mil cosas recorría las peceras una por una buscando algo inusual, estaba solo ahí, parado delante de las peceras con decenas de criaturas moviéndose por todos lados sin sentido. Es como en la vida, pensé, no hay ningún orden, nadamos sin rumbo hasta el fin de nuestros días, si corremos con esa suerte. Los peces por lo menos no se tienen que preocupar tanto, solo están ahí, todos los días prisioneros en sus burbujas de vidrio, pero, ¿sabrán ellos que están ahí? O talvez piensan que eso es todo lo que hay, sin tener una idea de la libertad o de aquello que podrían llegar a tener o a ser, quizá por eso se ven tan felices, nadando entre los falsos adornos de las peceras. Entonces llegué a los pejes. Inmediatamente dejé de pensar en todo aquello que me distraía y me quedé tranquilo enfrente de la pecera contemplando su quietud, suspendidos en una masa etérea que mantendría sus alargados cuerpecillos inmóviles, a no ser por las aletas ondulantes que realizaban una danza hipnotica ante mis ojos. Una sensación de extrañeza me invadía, me aterrorizaba observar esos ojos tan llenos de nada mientras las aletas continuaban moviéndose infinitamente hasta que alguno subía a la superficie a tomar aire. No pude resistirlo y salí inmediatamente, sin poder hacer nada más.
Esa misma tarde estuve investigando mucho sobre ellos, fui a la biblioteca y descubrí que según el diccionario de la real academia de la lengua española, esa palabra no existía. Mi desesperación crecía al mismo tiempo que el volumen de libros inútiles en mi mesa. Finalmente encontré que el pejelagarto, o Atractosteus tropicus era una especie exótica que solamente se daba en cierta zona del país, habitante de agua dulce y que se caracterizaba por tener un hocico puntiagudo y dentado. No quise consultar otras obras más especializadas, pero volví al día siguiente al acuario. Empecé a ir todos los días, incluso, varias veces al día. El encargado del acuario me veía con una mirada cada vez más rara, como si no comprendiera el porqué de mis estancias cada vez más prolongadas en el acuario, y recibiendo gustoso el pago y la propina, que era la única forma de hacer que me dejara en paz.
No había nada de extraño en esto, porque desde el primer momento supe que ellos y yo estábamos vinculados de alguna manera. Que dentro de todos los lazos del universo, había algo que nadie podría definir o catalogar y que me hacía volver cada mañana a estar con ellos, a perderme en sus ojos. No recuerdo cuando tuve que dejar el trabajo. Había cinco pejes suspendidos cerca del fondo, y algunas veces jugaban a esconderse de mi detrás de los adornos de la pecera, entre los falsos musgos o detrás de la estatuilla del barco hundido, haciéndome dudar y preocuparme, pero siempre los encontraba. De vez en cuando me sentía avergonzado de no poder separarme de ellos, pues algunas veces había otras personas esperando ver a los pejes, y se quedaban ahí, detrás de mí, esperando a que yo me moviera y me pusiera frente a otra pecera, pero no lo hacía y finalmente, después de toser inquietos y carraspear la garganta varias veces se marchaban y me dejaban solo. Los más fastidiosos eran los niños.
Les puse nombres, y continuamente me gustaba aislar mentalmente a alguno y estudiarlo durante horas, ver su cuerpecillo café y tratar en vano de contar las manchas negras que recubrían su escamosa piel. Luego, observaba sus aletas, su ondulación, su construcción aerodinámica. Invariablemente, al final llegaba a sus ojos, carentes de toda vida, pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través de la de ellos y perderse en un infinito abismo. Sentía como me observaban y me atemorizaba un poco, pues es raro que un pez lo observe a uno.
Generalmente no se movían mucho, pues la pecera no era muy grande y con el paso del tiempo, iban creciendo y cada vez los espacios se achicaban. Al lado de ellos, las demás peceras mostraban otras especies que no eran divertidas ni interesantes, solo simples pececillos de colores que me parecían estúpidos. Los pejes, al contrario, eran sabios y había aprendido a apreciar su belleza. Sobre todo, eran sus ojos los que me obsesionaban, redondos y grandes con su iris negro, me mostraban otra manera de mirar. Era inútil golpear con el dedo el cristal, porque incluso si lo hacía delante de sus caras, no se advertía ninguna reacción, no se asustaban de mí, pero yo si de ellos, pues seguían mirándome desde su inmovilidad y su misterio tan incomprensible e inalcanzable por todos los demás seres. Después, inventé para mi mismo teorías absurdas que más tarde llegué a creer y a profesar, en las cuales aseguraba que los pejelagartos eran seres extraterrestres, dotados de una inteligencia superior a la humana y que habían llegado hace millones de años para estudiarnos desde su silencio abismal. A veces me sorprendía a mi mismo pegado al cristal y hablándoles, ante la mirada atónita del encargado, que para este punto ya estaba acostumbrado a mi presencia y que seguramente me creía loco o estúpido, pero no me importaba.
Cuando no me encontraba en el acuario, no podía dejar de pensar en ellos, y en las noches los imaginaba flotando inmóviles en la profundidad de su pecera, o rozando con sus aletas el fondo mugroso y los adornos, hasta que chocaba con algo y entonces despertaba agitando las aletas.
Por alguna extraña razón, yo sabía lo que iba a ocurrir aquella mañana, y lo aceptaba, sin esperar nada, sin buscar cambiar el destino. Esa mañana llegué al acuario y me encontré con ellos, reconociéndonos, buscándolos uno a uno y pronunciando sus nombres en voz baja. Ellos y yo sabíamos, por eso no hubo nada extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio y mis ojos trataban una vez más de penetrar el misterio de esos ojos redondos. Uno de los pejes, se adelantó hacia mí y se quedó mirándome muy de cerca, inmóvil, junto al vidrio. Sin transición y sin ninguna sorpresa, vi mi cara frente al vidrio. Dejé de ver al pejelagarto y vi mi propia cara contra el vidrio, la vi afuera de la pecera, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí. Solamente me parecía extraño conservar mi conciencia y mis pensamientos, solo eso me asustaba. Afuera, mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mis ojos cafés fijos en mí, tratando de comprender a los pejes. Yo era un peje, y él, estaba ahí afuera en mi mundo. Entonces vino el horror de ver atrapada mi mente de hombre, mis estudios, la maestría en España y mi literatura en un cuerpo de pejelagarto. Condenado para siempre a oscilar mis aletas y a mirar a través del vidrio. Me sentí aterrorizado hasta que sentí el leve roce de otra aleta en mi cuerpo, me moví hacia un lado y vi a otro peje mirándome en silencio, inmóvil dejándome saber que él también sabía y que éramos cómplices de aquella mirada colectiva hacía los ojos del hombre que nos miraba del otro lado del vidrio.
Él regresó varias veces, cada vez menos, hasta que dejó de venir. Y ahora que estoy en completa soledad pienso mucho en él, en como fue la vida afuera. No extraño nada, solamente pienso y a veces me divierte ver a la gente observándome, especialmente, me gusta como me miran los niños, y muevo mis aletas o hasta hago alguna pirueta para ver sus caras de asombro.
Un día entró un hombre y me observó durante largo rato. Hizo unas anotaciones y luego unas preguntas al encargado, quien finalmente se acercó con una red y me sacó del agua. Me sentí morir hasta que me metieron en una especie de recipiente. Lo comprendía todo, sabía lo que estaba ocurriendo, y temía por mi vida. Me metieron en algún lado, estaba oscuro y no podía ver nada, pero sabía que me estaban transportando a alguna parte. Nunca más volvería a ver a mis amigos, nunca más vería al hombre que estaba obsesionado conmigo, ni me divertiría con los niños. Jamás volvería a ser yo, a traspasar el vidrio. Me llevaron a un laboratorio, donde no había niños, y a pesar de que había muchos otros pejes, no era lo mismo, pues ninguno me miraba, me sentía tan solo, tan lejano a aquello que un día fui, viendo mi vida anterior como un sueño acuoso a través de las paredes del vidrio, viviendo menos y recordando más al tiempo que pasaban los meses. Solo era otro pez encerrado en aquellas paredes de cristal.
Mi única amiga, era una hermosa joven que me cuidaba y a veces se quedaba largo rato mirándome a través del vidrio. Cuando me alimentaba, me miraba y me sonreía como si me comprendiera, como si supiera. Me miraba siempre a los ojos, incluso a veces, me hablaba sin saber que yo podía entenderla, me contaba de su vida, de sus amores y sus tristezas, de cierta melancolía que vivía en ella, de la vida afuera de una pecera de vidrio y yo la escuchaba siempre, y me encantaba verla sonreír. Yo aprendí a quererla, a desearla, y sabía que uno de estos días, bastaría esperar a que llegara a alimentarme, y entonces solo restaría nadar, y colocarme frente a ella. Reconocernos. Observarla con la nariz pegada al vidrio, oscilando mis aletas y esperando traspasar sus preciosos ojos cafés para traerla de mi lado.

J. Ricardo Sandoval I. Derechos Reservados © 2002.

***Los pejelagartos es una especie de pez, tipico de Tabasco, Mexico. Es de hocico alargado, semejante al del lagarto y tiene dientes largos y punzantes. Sus escamas son gruesas. Llega a pesar hasta 40 kilos. Vive en aguas tranquilas, rios y lagunas. Es demasiado voraz, su canibalismo lo hace que devore la mitad de la producción de crías. Es un pez pacífico, sale a la superficie del agua a tomar bocanadas de oxígeno.

Mayor info: www.tabasco.gob.mx

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Desde la tierra mexica, Villainfierno: Lucio A. Blanco es un adulto esquizofrenico que se quita la edad y viste como springbreaker en su intento desesperado por conquistar adolescentes. De fisonomia juvenil y fisico raquitico, suele sacarle provecho a sus locuras aprovechandose de la ingenuidad e ignorancia de sus victimas. Culto y a la vez impertinente, se va ganando enemigos donde pisa. Malinchista por conveniencia, se averguenza de sus costumbres y raices. Lucio tiene todos los requisitos para ser odiado y segregado de cualquier circulo social por mas que se aferre a pertenecer a alguno de ellos. Adiu.

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