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La Coctelera

La vitrina del chicharronero

Cascarrabias a la deriva

26 Abril 2006

Del desamor y otras puñeterias

A la mujer en Villainfierno, después de romper con la primera relación amorosa de su vida, le sucede lo mismo que a las actrices porno. Al principio, recién inaugurada en el ámbito sexual, y ansiosa por experimentar con nuevos y diferentes machos (siempre en búsqueda del amor), comienzan a recibir mensajes en el celular, llamadas, invitaciones, todos los machos están disponibles. Entonces la farándula amorosa se concibe con mayor rapidez a comparación con la primera y larga relación (que se basaba en el “poco a poco” y en el “todo tiene su tiempo”). Los besos son más rápidos, mas experimentados. Piensan: este no me va a chamaquear tan fácil. Pero lo que no saben es que detrás de todos esos (en realidad mínimos) esmeros, la única intención machista prevalece en obedecer a las testosteronas de los cinco minutos, y que una vez pegado el grito al cielo en conmemoración al triunfo, las llamadas y los mensajes solo continuarán por un tiempo, hasta que las testosteronas se empalaguen y encuentren otro oasis vaginal en el desierto de la castidad. Y cuando la cochambrosidad ya no dé para tanto a la imaginación carnal, los mensajes descenderán a mandadas al diablo reflejadas en sonrisas orgullosas y satisfechas. La mujer dejará de ver el número telefónico en el buzón de entrada, a diferencia del macho empachado y hasta la coronilla, que lo encontrará saturado, dependiendo de la insistencia y labor de cada mujer recién cogida y abandonada. No hay problema, vendrá otro a sobrecogerla en su ameno-refugio-consolador, y la historia se repetirá, ésta vez, con mayor cautela y desconfianza por parte de la hembra. Que al fin y al cabo terminará igual, aunque mas pronto, porque la noticia de que el corderito andaba fuera de su rebaño ha corrido demasiado prisa, y todos los lobos que andaban con la lengua de fuera de aquí hasta la pared de enfrente, han empezado a saciar su hambre en el sucio abrevadero de sangre apestoso a bacalao deshidratado.
Una tras otra. Así será. Entonces a los machos se les atrofiará el olfato porque ese viejo oasis huele a baba de camello, o a vagina no precisamente de una estrella porno, sino de una simple actriz porno de dieciocho años que en una semana, tras habérselo pensado, firma contrato y se avienta cinco películas pornos de a novecientos dólares la escena, con un muy devaluado kilometraje, que a los cuatro meses la tendrán fuera de la industria y sin recibir llamadas, como la otra pobre mujer contemporánea, engañada y engatusada por los medios de comunicación y las telenovelas. Pero qué importa. Ella seguirá pensando que no fue el macho, sino al revés, quien se recogió al otro, con la imagen proyectándose sobre un mundo tercermundista hasta para copular a razón de la igualdad sexual.
Eso es: ya se le ha visto devaluada. Ahora las llamadas son mínimas, casi nada. Mediocres telefonazos de partidarios rezagados y también recogidos por la mala suerte, que a esa edad, ya no tienen mucho que ofrecer. Carne vieja aun acostumbrada a aquella primera relación amorosa inexistente e irrepetible. Carne vieja desesperada y germinándose por dentro pero con dignidad y buena calidad exteriorizada. Carne vieja por ambos sexos con una disfrazada oferta especial en la vitrina del hastiado-cupido-carnicero. Mujeres que no se pueden tirar a la basura y hombres que fueron siempre basura y por eso se quedaron sin escoger. Todas las buenas parejas ya han sido escogidas y otras desbaratadas para terminar siendo carne vieja como actrices porno de dieciocho años con un kilometraje de cien películas en cuatro meses. Ellas también reciben mediocres telefonazos para contratos más atrevidos e indignos. La necesidad es cabrona. Hay que comer o alimentar al amor. Todas las mujeres quieren hacerlo de alguna forma. Alimentar al amor. Un gato, un perro, una planta, visitas a los padres, viajes internacionales con horizontes prometedores en el itinerario, dating Web sites, bullshit & crab. Y no habrá nadie que les haga entender que lo mejor ya pasó y lo peor aun puede suceder buscando lo mejor. Nadie está para quedarse solo, por supuesto. Por eso se le avienta al kilometraje unas cuantas millas de más. A ver qué sucede. Parece interesante. Hay que vivir la vida. Total, todo es para alimentar al amor. Todo es en nombre del amor. Amor a la puteria. Amor a la pornografía con terror al hepatitis G y al VIH. Amor al amor con pánico al desamor. Desamor por todos lados y buenos prospectos por ninguno. Futuro incierto-lluvia de mierda segura. Parasoles y sombrillas batidas. Arcoiris de moscas carroñeras revoloteando por todos los alrededores desamparados, y pronto (quizás ya), putrefactos.

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20 Abril 2006

Confesiones de un canibal (Sauerkraut & Sushi para despues de Pascuas)

El uruguayo me vino un día con un cuento. Raro en él, por supuesto. Pero presté oídos a su nueva patraña. Che, comí carne humana en Cancún, un amigo uruguayo me hizo una invitación a su restaurante y me dio a probarla sin que yo supiera lo qué era. En serio boludo!, abrió un compartimiento del refrigerador de la cocina y puso a sellar una carne de textura magra. Ahora pruébala me dijo. Che, no sabes qué delicia. Y cuando me dijo lo qué era, pensé: qué repelotudo pecado no volver a comerla… Desde entonces hube de recordar aquel viejo interés por la antropofagia y sus tratos pecaminosos, que hasta me reanimé a continuar el cuento que había dejado incompleto. La cosa es que investigado, me topé con un articulillo de lo más hermoso. Helo aquí para que se eduquen, ofendan, indignen, refuten, y hagan lo que se les pegue su chingada gana después de haberlo leído con el asco que se merece su ordinaria moralidad humana.

ISSEI SAGAWA - CONFESIONES DE UN CANIBAL

Este japonés de baja estatura, media 1,50 mts. Sus manos y pies pequeños, incluso su voz era de mujer. Había mencionado en algunas entrevistas que era el tipo de hombre que la mayoría de mujeres no encontraría atractivo. Conocedor de su falta de atractivo físico y de su extrema timidez, estaba obsesionado con tener a su lado "la mujer perfecta". En el libro "Asesinos Caníbales" de Moira Martingale, describen a Issei Sagawa como un estudiante japonés inteligente, obsesionado con las mujeres altas de rasgos occidentales. Su fantasía se hizo realidad mientras estudiaba Literatura Inglesa en la Universidad de Wako en Tokio, ahí se relaciono con una mujer alemana que daba clases de idiomas. "Cuando me encontré a esta mujer en la calle," dijo después al reportero británico Peter McGill, "me pregunté si podría comerla". Un día de verano, se metió través de la ventana a su apartamento e intento en matarla. Para su deleite, ella estaba dormida y tenia ropa pequeña que cubría algo de su cuerpo. Busco algo para apuñalarla o golpearla y descubrió un paraguas. Sin embargo, antes de que pudiera hacer algo, la mujer despierta y lo descubre, grita desesperada provocando la huida del intruso. Issei no olvida esta experiencia, había sido muy fácil estar cerca de una mujer atractiva y si era mas cuidadoso con el ataque, podría hacer realidad su fantasía. Empezó a investigar y vigilar a sus potenciales víctimas para planear sus ataques y no pudieran escapar. Su fantasía se vuelve hacer realidad cuando viaja a París y encuentra a la mujer que nunca pudo sacar de su mente. Su piel blanca, la forma carnosa de sus nalgas y sus bonitos senos le habían provocado perdida de la razón. Empezó a conquistarla. Sagawa creía que el amor que sentía por las mujeres que le gustaban lo podía demostrar comiéndoselas.
EL RITUAL
Mientras estudiaba en el Censier Institute de Paris en 1981, Sagawa conoce a una mujer alemana, alta, rubia y bonita llamada Renee Hartevelt. Declaró luego que cuando se sentó a su lado en clase, se enamoro inmediatamente y no podía dejar de pensar en la piel blanca de sus brazos. Era la mujer perfecta para lo que tenia en mente, pero tenia que ser cuidadoso y preparar mejor su plan. Renee tenía 25 años, hablaba tres idiomas y con futuro prominente, su objetivo era un Ph.D. en literatura francesa. Sagawa le pidió que lo enseñara alemán, su padre multimillonario y podría pagarle cualquier sueldo. Ella aceptó. Le gustó su inteligencia, su conocimiento de pintura y literatura europea, le escribió cartas de amor, la invitó a conciertos y exposiciones de arte. Sagawa pequeño, con rasgos femeninos y además cojeaba. Renee salía a menudo con él y con frecuencia lo invitaba a su apartamento a tomar el té. Sus continua salidas a bailes, le dio a Sagawa un sentido mas real a sus macabras fantasías.
Cierto día invito a Renee a cenar a su apartamento, le pidió que le leyera un poema de un escritor alemán, después de que ella salió, Sagawa olió y lamió el lugar donde ella se había sentado y juro que se la comería, esto le permitiría poseerla para siempre. A los pocos días la volvío invitar a cenar, con su equipo de reproducción grabo la lectura de su poema preferido con la voz de Renee, el 11 de julio de 1981 se preparó para hacer realidad su última fantasía. Al llegar a París, había comprado un rifle calibre .22 para su protección, hizo sentar en el suelo a Renee al estilo japonés para beber el té, en la bebida mezclo un poco de whisky para volverla más accesible, hablaron durante varias horas esperando que el licor en el té hiciera su efecto. Sagawa declaro su a amor a la bella alemana y trata de llevarla a la cama. Lo rechaza y le explica que solo quería ser su amiga.

Sagawa se le levanta desconcertado y mientras Renee se sienta en una silla trae un libro de poemas para que lo leyera y el caníbal japonés empieza a ejecutar su macabro plan, graba las ultimas palabras y luego le dispara con su rifle en la parte en el cuello, cae de la silla y le continua hablando pero ella no le responde. Se asusta al ver la gran cantidad de sangre que fluye de la herida, al principio intenta limpiar pero se rinde finalmente. Con gran esfuerzo desviste el cadáver y se pone contento por que ella ya no se negaría a su amor, ahora le pertenecía a él. Con un cuchillo le corta el pezón izquierdo y un pedazo de nariz para comerlos. “Yo corte su cadera”, escribió luego en su cuento titulado, “En la Niebla“ y se pregunto donde debería morder primero, selecciono las nalgas pero las encontró difícil de morder. Describe paso a paso su ritual, la apariencia de grasas, músculos y su sabor. Cuando la grasa sale por los cortes hechos con el cuchillo, la describió de consistencia y apariencia del maíz amarillo, la olió y encontró que no tenía ningún olor. Siguió cortando para encontrar la carne mas profunda, puso dos filetes en su boca “su sabor es de un rico pescado crudo similar al sushi, no he comido nada mas delicioso”, se encontraba feliz de haber cumplido su fantasía.
Usando un cuchillo eléctrico empezó a cortar a Renee en partes, hizo varios filetes para mordisquearlos crudos, el resto lo guardo en su refrigerador. Preparo una comida rápida de carne humana frita con mostaza, tomo fotografías del cadáver mutilado y tuvo relaciones sexuales con lo que quedaba de él. “cuando yo la abrazo”, grabo en una cinta de audio, “ella suspira y le digo que la amo”. Cuando cocinaba y comía de sus restos, escuchaba la grabación que Renee que había hecho de la lectura del poema, su ropa interior la usaba como servilleta para limpiar su boca. Al cocinar un seno le dio asco por su apariencia grasosa y encontró que los muslos eran más deliciosos. Exhausto finalmente, tomó lo que quedaba del cadáver, lo llevo a su cama y durmió con él.
A la mañana siguiente tenia que librarse de la evidencia, al levantarse descubrió que el cuerpo no olía mal aún y continúo comiendo, en particular el brazo que le gustó mas del cuerpo, recorto el ano y lo puso en su boca, pero su olor muy fuerte y lo hizo escupir, intento comerlo friéndolo, pero eso no disminuyo su olor, se dio por vencido y lo devolvió al cadáver. Después de un cierto tiempo, varias moscas grandes pulularon alrededor del cadáver, Sagawa tomo esto como señal que había perdido a Renee. La “luna de miel” había terminado. Con un hacha la corto en pedazos más pequeños para meterla en una maleta que había comprado para este fin. Mientras la desmembraba se excita y con la mano del cadáver procede a masturbarse. Corta su nariz, sus labios y su lengua de varios mordiscos y las guarda para sus fantasías sexuales posteriores. Escribió: “Yo quiero su lengua, no puedo abrir su mandíbula, pero puedo alcanzarla entre sus dientes. Finalmente sale, la hago estallar en mi boca y me miró masticándola en el espejo. Luego voy por los ojos”. El paso final de Sagawa fue explorar los órganos interiores los cuales quemaron sus manos con los ácidos digestivos, con una hacha cortar la cabeza, la tomo por el cabello y la coloca frente de él, escribió: “Ahora comprendo que soy un verdadero caníbal”.

A la media noche del segundo día guarda todos los pedazos bajo llave en su maleta, llama un taxi y pide que lo lleve a Bois de Boulogne, lleva la maleta al parque y trata de botarla al lago, sin embargo, para su contextura física le era muy pesada. Cuando descubre que varias personas lo miran se asusta, las tira rápidamente y huye. Una pareja que paseaba por el lugar vio una mano de mujer llena de sangre y llaman a la policía. Mientras tanto Sagawa regresa a su apartamento a disfrutar de los filetes de Renee que tenía en su refrigerador, cada día que estuvo en libertad comió pedazos del cadáver.

Issei Sagawa, tenia una lujuria sexual extrema, aun periodista británico le dijo que su compulsión por el canibalismo vino probablemente de un sueño de la niñez que lo dejo muy impresionado. El estaba en una olla hirviendo con su hermano, preparándose como una comida para alguien más. Así empezó sus fantasías caníbales y cambia su papel de “comida” a consumidor. No estaba interesado en comer a mujeres de su propia raza, sentía apetito por mujeres altas, rubias y de piel blanca. La posibilidad de estar con una mujer de este perfil para Sagawa era remotas. En Tokio visito a un psiquiatra al cual confeso sus oscuros deseos, fue calificado como un persona muy peligrosa por el profesional, pero el padre de Sagawa encubrió el problema y envía a su hijo a otro país. Otros profesionales de salud mentales que lo evaluaron luego vieron tendencias peligrosas en él.

Cuando la policía llegó a su apartamento dos días después del asesinato con una orden de captura, los deja entrar, abrieron el refrigerador y encontraron pedazos de un cuerpo de una mujer, incluso los labios. Sagawa confeso lo que había hecho y agrego que tenía una historia medica con una enfermedad mental. De hecho, sus descripciones fueron detalladas así y el juez decidió que él no era competente para juzgarlo: estaba realmente loco. Sagawa fue condenado a un periodo indefinido de prisión en el asilo Paul Guiraud, los tres psiquiatras que lo evaluaron dijeron nunca se curaría. Su multimillonario padre, Akira Sagawa, presidente de Kurita Water Industries en Tokio, hizo un trato para que en 1984 su hijo fuera transferido al hospital psiquiátrico Matsuzawa en Japón. El fiscal creyó que allí estaría preso de por vida, pero solo permanece preso 15 meses y queda libre en agosto de 1985, de nuevo, gracias a su padre.
El temible caníbal libre, pide pasaporte para poder viajar a Alemania. Su situación de libertad le permitió dar entrevistas por televisión donde declaraba que la carne humana era una de los mejores alimentos, incluso accedió para aparecer en películas pornográficas japonesas y demás escribió cuatro novelas, en la describía los detalles de su asesinato, vendió más de 200,000 copias. Gracias a su padre, había escapado con un asesinato, y estaba muy orgulloso de él. Actualmente Sagawa disfruta de la popularidad en los medios de comunicación, concede entrevistas y hace videos para complacer la curiosidad del voyeuristica de aquéllos que quieren acercarse a alguien que ha comido carne humana. Él ser el centro de atención le divierte y cree que lo que hizo no es extravagante. "El público me ha hecho el padrino de canibalismo," declaró, "y estoy contento feliz con eso." The Rolling Stones grabaron una canción llamada “Too much Blood” (Demasiada Sangre), Sagawa también probo suerte en el mundo del comic, escribió una columna semanal para un periódico, edita una antología sobre fantasías caníbales y fue portada de una revista gastrónoma japonesa. Bajo un seudónimo, trató de incursionar en el mundo del streaper. En su web oficial, ofrece detalles sobre su crimen y defiende al canibalismo asegurando que no es un acto horrendo, ahí también exhibe ejemplos de sus pinturas y esculturas con las nalgas carnosas de hembras blancas. En un artículo de una revista, dijo que espera ser comido por una joven mujer occidental, porque, sólo un acto como ese lo salvara.

***fotos del crimen y articulo completo en: http://www.escalofrio.com/n/ase_issei/

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19 Abril 2006

Aquella perra que se quiso parir sola

Existe una cosa que no puedo entender. Ni a mis grandes anchas le podría decir a aquella grandísima hijaeputa que su mayor logro dentro de la estupidez no era haberse visto coronada en la dedicatoria del Cuento, sino el presumir de ello como si fuera ya mas grande que la tremenda y propia cagada que su madre se había echado el día en que la parió con los ojos apretujados por tanto estreñimiento.
Yo no sé, ella me envió el cuento después de una sarta de ruegos para que no lo publicara. Algo muy personal habría dentro de todo ello. UN CUENTO QUE NO TENIA NADA DE AMOR, DEDICADA A UN VIEJO Y PUTRIDO AMOR que hasta a mí me sabía a "pantano desabrido" (de las sabias expresiones de Álvaro Mutis). Un cuento con una historia sobre los pejelagartos, más que nada. En efecto, más que nada. Y nadando entre toda aquella dedicada cursilería, descubrí que el cuento no era del todo malo. Y para no morirme como cuando al indio lo agarraron cagando, aquí lo plasmo. Un cuento elaborado a pulso por un joven cuentista tabasqueño, que como F. Kafka, no sabe que lo suyo ya ha sido publicado.
Lo que yo aún no puedo entender es en qué habrá estado pensando aquella perra mal parida cuando me dijo: es algo muy personal, ahí te lo mando, como si no supiera que mas hijoeputa que ella lo soy yo.

pd: Quiero recalcar, para aquellos menos capciosos, que este cuento no lo escribi yo.

UN CUENTO PARA ÈMIL
por J. Ricardo Sandoval I.

Es tan solo un poco de todo lo que te debo...

Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los pejelagartos, iba a verlos durante mis descansos en la oficina, aprovechando el acuario de la calle G.Méndez que me quedaba tan solo a unos minutos. Me quedaba ahí mirándolos por todo el tiempo posible, hasta que se terminaba la hora de la comida y tenía que separar mi mirada de sus ojillos negros y completamente inexpresivos, pero que a la vez decían tantas cosas. Ahora soy uno más de ellos.
El azar me llevó hasta ellos una mañana de verano en que el calor me había hecho desesperar hasta el punto de querer estar en cualquier otro lugar menos en mi lugar. Salí de la oficina asqueado y buscando la sombra de los edificios que se tragaban el calor del sol de las once de la mañana. Caminé agitado varias cuadras sin rumbo hasta llegar al acuario. Sin ningún motivo en especial, entré para distraerme y refrescarme un poco con el aire acondicionado, pensando en mil cosas recorría las peceras una por una buscando algo inusual, estaba solo ahí, parado delante de las peceras con decenas de criaturas moviéndose por todos lados sin sentido. Es como en la vida, pensé, no hay ningún orden, nadamos sin rumbo hasta el fin de nuestros días, si corremos con esa suerte. Los peces por lo menos no se tienen que preocupar tanto, solo están ahí, todos los días prisioneros en sus burbujas de vidrio, pero, ¿sabrán ellos que están ahí? O talvez piensan que eso es todo lo que hay, sin tener una idea de la libertad o de aquello que podrían llegar a tener o a ser, quizá por eso se ven tan felices, nadando entre los falsos adornos de las peceras. Entonces llegué a los pejes. Inmediatamente dejé de pensar en todo aquello que me distraía y me quedé tranquilo enfrente de la pecera contemplando su quietud, suspendidos en una masa etérea que mantendría sus alargados cuerpecillos inmóviles, a no ser por las aletas ondulantes que realizaban una danza hipnotica ante mis ojos. Una sensación de extrañeza me invadía, me aterrorizaba observar esos ojos tan llenos de nada mientras las aletas continuaban moviéndose infinitamente hasta que alguno subía a la superficie a tomar aire. No pude resistirlo y salí inmediatamente, sin poder hacer nada más.
Esa misma tarde estuve investigando mucho sobre ellos, fui a la biblioteca y descubrí que según el diccionario de la real academia de la lengua española, esa palabra no existía. Mi desesperación crecía al mismo tiempo que el volumen de libros inútiles en mi mesa. Finalmente encontré que el pejelagarto, o Atractosteus tropicus era una especie exótica que solamente se daba en cierta zona del país, habitante de agua dulce y que se caracterizaba por tener un hocico puntiagudo y dentado. No quise consultar otras obras más especializadas, pero volví al día siguiente al acuario. Empecé a ir todos los días, incluso, varias veces al día. El encargado del acuario me veía con una mirada cada vez más rara, como si no comprendiera el porqué de mis estancias cada vez más prolongadas en el acuario, y recibiendo gustoso el pago y la propina, que era la única forma de hacer que me dejara en paz.
No había nada de extraño en esto, porque desde el primer momento supe que ellos y yo estábamos vinculados de alguna manera. Que dentro de todos los lazos del universo, había algo que nadie podría definir o catalogar y que me hacía volver cada mañana a estar con ellos, a perderme en sus ojos. No recuerdo cuando tuve que dejar el trabajo. Había cinco pejes suspendidos cerca del fondo, y algunas veces jugaban a esconderse de mi detrás de los adornos de la pecera, entre los falsos musgos o detrás de la estatuilla del barco hundido, haciéndome dudar y preocuparme, pero siempre los encontraba. De vez en cuando me sentía avergonzado de no poder separarme de ellos, pues algunas veces había otras personas esperando ver a los pejes, y se quedaban ahí, detrás de mí, esperando a que yo me moviera y me pusiera frente a otra pecera, pero no lo hacía y finalmente, después de toser inquietos y carraspear la garganta varias veces se marchaban y me dejaban solo. Los más fastidiosos eran los niños.
Les puse nombres, y continuamente me gustaba aislar mentalmente a alguno y estudiarlo durante horas, ver su cuerpecillo café y tratar en vano de contar las manchas negras que recubrían su escamosa piel. Luego, observaba sus aletas, su ondulación, su construcción aerodinámica. Invariablemente, al final llegaba a sus ojos, carentes de toda vida, pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través de la de ellos y perderse en un infinito abismo. Sentía como me observaban y me atemorizaba un poco, pues es raro que un pez lo observe a uno.
Generalmente no se movían mucho, pues la pecera no era muy grande y con el paso del tiempo, iban creciendo y cada vez los espacios se achicaban. Al lado de ellos, las demás peceras mostraban otras especies que no eran divertidas ni interesantes, solo simples pececillos de colores que me parecían estúpidos. Los pejes, al contrario, eran sabios y había aprendido a apreciar su belleza. Sobre todo, eran sus ojos los que me obsesionaban, redondos y grandes con su iris negro, me mostraban otra manera de mirar. Era inútil golpear con el dedo el cristal, porque incluso si lo hacía delante de sus caras, no se advertía ninguna reacción, no se asustaban de mí, pero yo si de ellos, pues seguían mirándome desde su inmovilidad y su misterio tan incomprensible e inalcanzable por todos los demás seres. Después, inventé para mi mismo teorías absurdas que más tarde llegué a creer y a profesar, en las cuales aseguraba que los pejelagartos eran seres extraterrestres, dotados de una inteligencia superior a la humana y que habían llegado hace millones de años para estudiarnos desde su silencio abismal. A veces me sorprendía a mi mismo pegado al cristal y hablándoles, ante la mirada atónita del encargado, que para este punto ya estaba acostumbrado a mi presencia y que seguramente me creía loco o estúpido, pero no me importaba.
Cuando no me encontraba en el acuario, no podía dejar de pensar en ellos, y en las noches los imaginaba flotando inmóviles en la profundidad de su pecera, o rozando con sus aletas el fondo mugroso y los adornos, hasta que chocaba con algo y entonces despertaba agitando las aletas.
Por alguna extraña razón, yo sabía lo que iba a ocurrir aquella mañana, y lo aceptaba, sin esperar nada, sin buscar cambiar el destino. Esa mañana llegué al acuario y me encontré con ellos, reconociéndonos, buscándolos uno a uno y pronunciando sus nombres en voz baja. Ellos y yo sabíamos, por eso no hubo nada extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio y mis ojos trataban una vez más de penetrar el misterio de esos ojos redondos. Uno de los pejes, se adelantó hacia mí y se quedó mirándome muy de cerca, inmóvil, junto al vidrio. Sin transición y sin ninguna sorpresa, vi mi cara frente al vidrio. Dejé de ver al pejelagarto y vi mi propia cara contra el vidrio, la vi afuera de la pecera, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí. Solamente me parecía extraño conservar mi conciencia y mis pensamientos, solo eso me asustaba. Afuera, mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mis ojos cafés fijos en mí, tratando de comprender a los pejes. Yo era un peje, y él, estaba ahí afuera en mi mundo. Entonces vino el horror de ver atrapada mi mente de hombre, mis estudios, la maestría en España y mi literatura en un cuerpo de pejelagarto. Condenado para siempre a oscilar mis aletas y a mirar a través del vidrio. Me sentí aterrorizado hasta que sentí el leve roce de otra aleta en mi cuerpo, me moví hacia un lado y vi a otro peje mirándome en silencio, inmóvil dejándome saber que él también sabía y que éramos cómplices de aquella mirada colectiva hacía los ojos del hombre que nos miraba del otro lado del vidrio.
Él regresó varias veces, cada vez menos, hasta que dejó de venir. Y ahora que estoy en completa soledad pienso mucho en él, en como fue la vida afuera. No extraño nada, solamente pienso y a veces me divierte ver a la gente observándome, especialmente, me gusta como me miran los niños, y muevo mis aletas o hasta hago alguna pirueta para ver sus caras de asombro.
Un día entró un hombre y me observó durante largo rato. Hizo unas anotaciones y luego unas preguntas al encargado, quien finalmente se acercó con una red y me sacó del agua. Me sentí morir hasta que me metieron en una especie de recipiente. Lo comprendía todo, sabía lo que estaba ocurriendo, y temía por mi vida. Me metieron en algún lado, estaba oscuro y no podía ver nada, pero sabía que me estaban transportando a alguna parte. Nunca más volvería a ver a mis amigos, nunca más vería al hombre que estaba obsesionado conmigo, ni me divertiría con los niños. Jamás volvería a ser yo, a traspasar el vidrio. Me llevaron a un laboratorio, donde no había niños, y a pesar de que había muchos otros pejes, no era lo mismo, pues ninguno me miraba, me sentía tan solo, tan lejano a aquello que un día fui, viendo mi vida anterior como un sueño acuoso a través de las paredes del vidrio, viviendo menos y recordando más al tiempo que pasaban los meses. Solo era otro pez encerrado en aquellas paredes de cristal.
Mi única amiga, era una hermosa joven que me cuidaba y a veces se quedaba largo rato mirándome a través del vidrio. Cuando me alimentaba, me miraba y me sonreía como si me comprendiera, como si supiera. Me miraba siempre a los ojos, incluso a veces, me hablaba sin saber que yo podía entenderla, me contaba de su vida, de sus amores y sus tristezas, de cierta melancolía que vivía en ella, de la vida afuera de una pecera de vidrio y yo la escuchaba siempre, y me encantaba verla sonreír. Yo aprendí a quererla, a desearla, y sabía que uno de estos días, bastaría esperar a que llegara a alimentarme, y entonces solo restaría nadar, y colocarme frente a ella. Reconocernos. Observarla con la nariz pegada al vidrio, oscilando mis aletas y esperando traspasar sus preciosos ojos cafés para traerla de mi lado.

J. Ricardo Sandoval I. Derechos Reservados © 2002.

***Los pejelagartos es una especie de pez, tipico de Tabasco, Mexico. Es de hocico alargado, semejante al del lagarto y tiene dientes largos y punzantes. Sus escamas son gruesas. Llega a pesar hasta 40 kilos. Vive en aguas tranquilas, rios y lagunas. Es demasiado voraz, su canibalismo lo hace que devore la mitad de la producción de crías. Es un pez pacífico, sale a la superficie del agua a tomar bocanadas de oxígeno.

Mayor info: www.tabasco.gob.mx

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La vitrina del chicharronero

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Desde la tierra mexica, Villainfierno: Lucio A. Blanco es un adulto esquizofrenico que se quita la edad y viste como springbreaker en su intento desesperado por conquistar adolescentes. De fisonomia juvenil y fisico raquitico, suele sacarle provecho a sus locuras aprovechandose de la ingenuidad e ignorancia de sus victimas. Culto y a la vez impertinente, se va ganando enemigos donde pisa. Malinchista por conveniencia, se averguenza de sus costumbres y raices. Lucio tiene todos los requisitos para ser odiado y segregado de cualquier circulo social por mas que se aferre a pertenecer a alguno de ellos. Adiu.

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